Al mirar esa foto, en que un cielo azul oscuro pero muy luminoso, junto a una arena seca y distante, enmarcan la sonrisa de una mujer a la que amo con pasión, con dulce y poderosa pasión, que me mira y sonríe…
Y al mirar esa foto, me miro a mí. La miro a ella. Recuerdo como nos conocimos. Cómo nos buscamos. Como nos arrojamos suavemente, delicadamente, a la aventura de encontrarnos. Y lo conseguimos. A pesar de las heridas, de la absorbente y enajenada vida de los días en que todo menos lo que queremos nos ocupa y nos perturba. A pesar de eso nos encontramos.
Como primer acto de magia inventamos un espacio inexistente para encontrarnos, porque así lo queríamos. Y nos encerramos pequeños ratos en universos que cada vez más estaban delimitados por aquello que nos importa, que nos pasa, que amamos, tememos, gozamos y odiamos… y nos fuimos acercando.
Nos acercamos cada vez más desde el encuentro. Porque en ese universo cada vez nos sentimos más cómodos, más a gusto. Compartiendo caricias, bellas miradas, nerviosas y torpes al principio… y también historias, de familia, de vida, de sueños, de miedos… y eso nos siguió acercando, porque en esas cosas comenzamos a descubrirnos. Poco a poco, a pesar de la fuerte intuición, fuimos descubriendo quiénes éramos, y a esa altura ya nos mirábamos no sólo con deseo (que no es poca cosa) sino también con admiración, con cariño, con confianza… cuando comenzamos a descubrirnos, fuimos corroborando lo que la esperanza nos decía, lo que la confianza nos mostraba, lo que el fondo ya sabíamos… que nos amábamos.
Y amando, en el delicioso y sagrado ejercicio de perderse un poco, de la petitte mort, de dejarse caer y recibir al otro… me doy cuenta que al verme, al ver la foto en que tú que me miras como jamás me podría haber sentido mirado, yo, soy otro. Otro para mí. Un extraño que viviendo mi vida comienza a ser capaz de vivir lo que yo ya no soñaba, lo que yo ya había abandonado a las fantasías adolescentes…

Domingo 12 de diciembre de 2005


