23.10.07

Viaje a mi pasado



El sábado tuve un viaje a mi pasado. Estaba ansioso, esperanzado y un poco asustado.

Las ansias procedían de la nostalgia de paisajes idealizados, de personas queridas. Como seguramente imaginan, me hacía ilusión poder enfrentarme a mí mismo y a mis congéneres de otra forma, más madura. Decir lo que en esa época de inseguridades callaba.

También me esperanzaba recobrar lazos que me abrieran la puerta a interesantes proyectos, como Raimapu, el lugar de encuentro. Luego de tener algunas horas de vuelo, aquel proyecto me sigue pareciendo hermoso, bien hecho, y me seducía acercarme a él.

Pero para volar al pasado, uno arma una maleta de difícil embalaje. Junto a las ansias y esperanzas, van , aunque uno no quiera, miedos. Sombras de lo que nos avergüenza, de lo que nos arrepentimos, que queremos creer ya superados.

Y choqué con el olvido. Porque la memoria es cómoda, y selecciona o interpreta los retazos que en su mochila guarda, de forma que podamos cargarla.

Y fue triste volver a sentirme solo (agradezco la suerte de haber ido acompañado por María Jesus, una hermana que descubrí en esos años, y que me hizo mucho más llevadera la soledad). La gente que más quería volver a ver, no estaba. Los que fueron parecían no haberse movido de ahí en casi 8 años. Y mi ilusión se fue apagando, con las mismas dinámcas que me mantenían aparte en esos días.

Otra vez sentí cercanos a maestros a los que no supe llegar. Otra vez sentí que todos me miraban como lo que no era.

Fue frustrante sentir que nadie me re-conoció, pero todos ya creían saber quién era.

9.10.07

Retomando el Camino


Ha pasado tiempo. Y a pesar que nos negamos a asumir la oscura dimensión de la humanidad como algo que sea parte de nuestra identidad, la vorágine de vivir disfrazado de persona en medio de la selva de cemento nos ha atrapado bastante.

El disfraz es un arma de doble filo. Esconde y muestra. Es armadura que defiende nuestra identidad, y a la vez nos hace asumir el rol que muestra a los demás. la máscara protege y atrapa.

Y así es que mi personaje se ha tomado mi vida. Al menos en gran parte. Sólo cuando llego a casa, cuando despierto a la calidez y claridad de los ojos de mi compañera consigo comenzar a desvestirme y encontrarme otra vez.

Pero hace unos días todo ha cambiado. Nuestra exquisita intimidad, la de nuestro amor, la de nuestro hogar, ahora está compuesta por un nuevo integrante. Ha nacido al fin, el hermoso producto de este increíble amor, de esa fantástica dimensión que con mi compañera hemos conseguido construir. Y ha cambiado nuestra vida.

He necesitado detener el tiempo, y comenzar a despolvar las herramientas de mago que estaban tiradas al fondo del patio. Hemos abierto un espacio en esta nueva realidad, para disfrutar y comenzar a caminar en este nuevo universo, juntos, juntitos, de la única forma que queremos estar. Y ha sido un renacer.

Hoy me siento otro. Respiro la necesidad de ser todo lo que puedo llegar a ser. Hace unos meses le escribía a mis padres que alguna vez promovieron en mi conciencia la necesidad de la revolución. Hoy me siento en otro lugar. Hoy mi hijo es mi revolución, y siento que debo acercarme nuevamente a la esencia que se esconde tras el disfraz, y transformar el mundo para él, para ella, para mi.