
El sábado tuve un viaje a mi pasado. Estaba ansioso, esperanzado y un poco asustado.
Las ansias procedían de la nostalgia de paisajes idealizados, de personas queridas. Como seguramente imaginan, me hacía ilusión poder enfrentarme a mí mismo y a mis congéneres de otra forma, más madura. Decir lo que en esa época de inseguridades callaba.
También me esperanzaba recobrar lazos que me abrieran la puerta a interesantes proyectos, como Raimapu, el lugar de encuentro. Luego de tener algunas horas de vuelo, aquel proyecto me sigue pareciendo hermoso, bien hecho, y me seducía acercarme a él.
Pero para volar al pasado, uno arma una maleta de difícil embalaje. Junto a las ansias y esperanzas, van , aunque uno no quiera, miedos. Sombras de lo que nos avergüenza, de lo que nos arrepentimos, que queremos creer ya superados.
Y choqué con el olvido. Porque la memoria es cómoda, y selecciona o interpreta los retazos que en su mochila guarda, de forma que podamos cargarla.
Y fue triste volver a sentirme solo (agradezco la suerte de haber ido acompañado por María Jesus, una hermana que descubrí en esos años, y que me hizo mucho más llevadera la soledad). La gente que más quería volver a ver, no estaba. Los que fueron parecían no haberse movido de ahí en casi 8 años. Y mi ilusión se fue apagando, con las mismas dinámcas que me mantenían aparte en esos días.
Otra vez sentí cercanos a maestros a los que no supe llegar. Otra vez sentí que todos me miraban como lo que no era.
Fue frustrante sentir que nadie me re-conoció, pero todos ya creían saber quién era.
