Anoche fue así de nuevo. Vi una estrella fugaz, que me hizo recordar los puntos energéticos que componen el Universo y cómo esos puntos de energía están relacionados mediante otras formas de energía. Recordé que la física distingue energía de materia, y que de la primera conoce recién la fuerza de gravedad, la luz, el calor, el magnetismo… y me detuve a pensar, esta vez, en cómo era posible que una simple estrella me hiciera recordar eso, que creo es mi cosmovisión, mi concepción metafísica de la existencia del mundo, de los seres y entes. Y pensé cómo esas categorías relacionan y dan realidad simbólica a esas “unidades” que categorizan. Pensé que para mí son distintas formas de energía. Ser y ente, ser y nada, sujeto y objeto, energía y materia o materia y fuerzas. Todas formas de categorizar lo mismo.
Y me conmocioné del poder del lenguaje. Porque basta con que los nombre distinto, con que ese nombre tenga sentido para otros, y eso que nombré toma existencia, se “materializa”, al menos en el inconsciente colectivo, en la cultura… ¡Qué maravilla, qué alquimia más estremecedora!
Y luego recordé que las palabras, tan mágicas, tan poderosas, han sido, desde hace mucho, instrumento de la dominación técnica del mundo social e histórico, que han sido herramientas de dominación. El discurso que describe al mundo, y que se instala de forma hegemónica, termina por convertir el mundo en lo que ese discurso dice que es el mundo… pero también queda, subyace ante ese dominio en el mundo la alteridad de ese discurso, lo que no dice o lo no dicho. Y recordé la necesidad de poder “decir su palabra” como una necesidad de liberación, y las palabras de otro lúcido que hablaba acerca de la “indignidad de hablar por los otros”…
Y hoy despierto acostado con las teclas marcadas en la cara y con la mano acalambrada del esfuerzo frenético del ejercicio de anoche… y no recuerdo cuándo me dormí… y y miro a la pantalla frente a mí, el párrafo final de lo que escribí anoche comienza con “…Y hoy despierto acostado con las teclas marcadas en la cara…” y me doy cuenta que he escrito sin pensar. Nunca pensé que esto podía llegarme a suceder. Mis palabras han tomado vida propia y mi mano sigue escribiendo estas palabras, aún cuando luego de descubrir esto, me he acostado y duermo plácidamente soñando con las clases que haré mañana, intentando despertar a otros y que ellos noten que sus palabras no las escriben ellos.

