A menudo me pregunto por qué mi madre, a pesar de todo, sigue votando por la concertación. Es crítica de su gestión, no obstante tiene una fuerte tendencia a ver lo bueno que hace (aunque sea escaso), y muchas veces me parece que lo hace como aferrándose a una esperanza de la que no quiere desprenderse.

Entonces recuerdo y pienso acerca de cómo se gestó la Concertación. Recuerdo la reacción reciente de Pablo cuando al ver la franja del No, se sorprendió asqueado al ver a los mismos personajes que hoy gobiernan, hablando de libertad, de justicia. Y recuerdo y pienso en aquello a lo que esa franja televisiva apuntaba. “Chile, la alegría ya viene”. Un mensaje casi cristiano. En este mundo de horrores, sufrimientos y angustias, Yo soy el camino, la buena nueva, la esperanza en que todo puede ser mejor.
Y como la religión, la Concertación en su momento satisfizo la necesidad de esperanza, la necesidad de perder el miedo, y lo consiguió porque fue colectivo. Mostró a la gente atreviéndose, a pesar del miedo. Capitalizó la esperanza y la energía de actuar a pesar del miedo a la propia muerte. Capitalizó la indignación que se transformaba en valor, y que se mostraba en las calles, gritando la irrenunciable dignidad de la vida y de los sueños… y fue así que se constituyó en una empresa poderosísima, cuyo potencial era tremendo. Pudo haber llegado a ser incluso, el renacer de las cenizas de ilusiones que a pesar de la tortura, los fusilamientos, la desaparición, el exilio y, en general, el miedo, no habían conseguido aniquilar.
Y hoy veo en esa confianza y/o esperanza sorda, ciega y muda, de quienes siguen, a pesar de todo, apoyando a la Concertación, la necesidad de creer que el producto de enorme hito, de la pérdida del miedo, no haya sido un engaño, no sea otra forma de dominación, menos evidente, más insolente, vestida de los valores que lo fundaron. Y es que es travestismo les ha permitido sostener un show mientras se reparten el país, y venden al mejor postor el producto del trabajo de ese pueblo que aún hoy cree en ellos.
¿Por qué vota mi madre todavía por la Concertación? Porque tiene miedo. Miedo a volver a perder la esperanza, aunque la de hoy sea mucho más pobre, triste y egoísta que la de ayer.
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