En mi vida de aprendiz, he escuchado al menos dos sentencias que han encontrado eco en mi alma y me han estremecido por ello, a pesar de sus autores...
...hubo una vez un hombre que me advirtió: "El valiente no es aquel que no siente miedo, sino aquel que actua a pesar de él" A modo de consuelo insistía "quien no siente miedo no puede ser considerado humano". Yo era más ingenuo que ahora y me pareceieron reveladoras sus palabras. Al menos me empujaron a no paralizarme, ni a sentir vergüenza... o al menos no tanta.
Hace poco, de la boca menos esperada, oigo decir que "el miedo no se tiene tan solo de la posibilidad del daño, sino de la incapacidad de reducir una realidad a esquemas mentalmente preestablecidos". Y he quedado nuevamente perplejo.
En primer lugar porque me hace sentido. Desde aquí me parecen entendibles las vicerales reacciones que hay frente a lo que no se entiende, el ahínco irracional con el que se defienden las estructuras tradicionales, la vida que se ha llevado hasta ahora... las buenas costumbres. De alguna manera lo extraño amenaza nuestra identidad. Ante la inmensidad caótica del mundo, como niños adoptamos esquemas simples a qué aferrarnos, como brújulas, mapas, puntos cardinales. Más con el tiempo nos acomodamos en esas estructuras, y su caracter convencional desaparece por su utilidad, y comienzan a naturalizarse, y nos identificamos con ellas. Luego, resulta lógico que reaccionemos con miedo ante la posibilidad de enfrentar una realidad que no puede ser reducida a esas categorías, que identificadas con nuestra historia, sentimos como extensión de nuestra propia existencia. Y en ese sentido, sí corresponde a la posibilidad de un daño.
Ahora que lo pienso, me parece que la diferencia puede radicar en este principio. No creo saber todo lo que hay que saber. No siento que mi razonamiento sea superior a otro, o más correcto, o verdadero. No creo tener un acceso privilegiado a la verdad. Y no porque crea estsar equivocado, sino porque me parece que la verdad no existe.
La verdad se me presenta como el hilo conductor de ese armazón al que nos aferramos para soportar la inclemente, diversa, cambiante, múltiple, contradictoria, irracional y fantástica realidad. Como el agua, en permanente flujo, al embotellarla la desnaturalizamos, se estanca... y a la larga se pudre.
