10.9.09

Miedo

Pocas cosas me parecen tan interesantes como el miedo. La capacidad que tiene para afectar nuestra conducta me parece asombrosa, y siempre he intuido que toca una parte demasiado profunda de nuestra naturaleza, y de ello debe proceder su poder.


En mi vida de aprendiz, he escuchado al menos dos sentencias que han encontrado eco en mi alma y me han estremecido por ello, a pesar de sus autores...

...hubo una vez un hombre que me advirtió: "El valiente no es aquel que no siente miedo, sino aquel que actua a pesar de él" A modo de consuelo insistía "quien no siente miedo no puede ser considerado humano". Yo era más ingenuo que ahora y me pareceieron reveladoras sus palabras. Al menos me empujaron a no paralizarme, ni a sentir vergüenza... o al menos no tanta.

Hace poco, de la boca menos esperada, oigo decir que "el miedo no se tiene tan solo de la posibilidad del daño, sino de la incapacidad de reducir una realidad a esquemas mentalmente preestablecidos". Y he quedado nuevamente perplejo.

En primer lugar porque me hace sentido. Desde aquí me parecen entendibles las vicerales reacciones que hay frente a lo que no se entiende, el ahínco irracional con el que se defienden las estructuras tradicionales, la vida que se ha llevado hasta ahora... las buenas costumbres. De alguna manera lo extraño amenaza nuestra identidad. Ante la inmensidad caótica del mundo, como niños adoptamos esquemas simples a qué aferrarnos, como brújulas, mapas, puntos cardinales. Más con el tiempo nos acomodamos en esas estructuras, y su caracter convencional desaparece por su utilidad, y comienzan a naturalizarse, y nos identificamos con ellas. Luego, resulta lógico que reaccionemos con miedo ante la posibilidad de enfrentar una realidad que no puede ser reducida a esas categorías, que identificadas con nuestra historia, sentimos como extensión de nuestra propia existencia. Y en ese sentido, sí corresponde a la posibilidad de un daño.

En segundo lugar, lo extraño no me produce temor, sino , muy por el contrario, me resulta muy atractivo. Cuando me enfrento a otra forma de pensar, a otra forma de vivir, a otra forma de hablar, mi reacción natural no es intentar reducirlo a mis categorías, clasificarlo según mi modo de pensar, sino intentar empatizar con dicho pensamiento. Intento abrir mi cabeza y participar del pensamiento del otro, sin por ello renunciar al mío, pero sí reconociendo que no soy un ser acabado.

Ahora que lo pienso, me parece que la diferencia puede radicar en este principio. No creo saber todo lo que hay que saber. No siento que mi razonamiento sea superior a otro, o más correcto, o verdadero. No creo tener un acceso privilegiado a la verdad. Y no porque crea estsar equivocado, sino porque me parece que la verdad no existe.

La verdad se me presenta como el hilo conductor de ese armazón al que nos aferramos para soportar la inclemente, diversa, cambiante, múltiple, contradictoria, irracional y fantástica realidad. Como el agua, en permanente flujo, al embotellarla la desnaturalizamos, se estanca... y a la larga se pudre.

6.9.09

La verdad como petición de obediencia




Le escuché decir a un hombre sabio una vez, que la petición de objetividad, era en verdad una petición de obediencia. Que cuando le exijo a alguien, que sea objetivo, hay un subtexto que pide someterse a mi visión de las cosas, que es objetiva, verdadera. Cuando creo poder ser objetivo, y le exijo al otro que abandone la parcialidad de su perspectiva (una contradicción en los términos), de algún modo parto de la base de ser poseedor de una experiencia limpia, pura, de la verdad. Me presento al otro como un privilegiado al que la verdad se le ha revelado, por lo general por el uso correcto de la razón.

La petición de objetividad siempre de la mano de un ataque apasionado a los subjetivos, me parece pariente cercana de la actitud que toman aquellos que, creyéndose portadores de un conocimiento cierto, no están dispuestos a que alguien pueda decir algo que cuestione dicho conocimiento. Valga esto para determinados valores, visiones de mundo, creencias religiosas, posiciones políticas, etc.



Recientemente, oí a alguien protestar contra estos demandantes de sometimiento intelectual, señalando que si efectivamente ellos tienen la verdad, entonces ¿por qué tiene miedo a defenderla? Y es que es cierto... a esta exigencia de obediencia va siempre aparejada la actitud censuradora de quien ya ha dicho la última palabra...

¿será posible reemplazar el tergiversado valor de la tolerancia (como un aguantarse y dejar hablar a los que no pensando como yo están equivocados) por la humildad de reconocer que NO TENEMOS UN ACCESO PRIVILEGIADO A LA VERDAD y que por lo tanto, la necesidad de dialogar, de escuchar, de razonar en conjunto, no es un mero acto de benevolencia, sino una necesidad intrínseca al esfuerzo colectivo por descubrir o inventar el sentido de las cosas?