Le escuché decir a un hombre sabio una vez, que la petición de objetividad, era en verdad una petición de obediencia. Que cuando le exijo a alguien, que sea objetivo, hay un subtexto que pide someterse a mi visión de las cosas, que es objetiva, verdadera. Cuando creo poder ser objetivo, y le exijo al otro que abandone la parcialidad de su perspectiva (una contradicción en los términos), de algún modo parto de la base de ser poseedor de una experiencia limpia, pura, de la verdad. Me presento al otro como un privilegiado al que la verdad se le ha revelado, por lo general por el uso correcto de la razón.
La petición de objetividad siempre de la mano de un ataque apasionado a los subjetivos, me parece pariente cercana de la actitud que toman aquellos que, creyéndose portadores de un conocimiento cierto, no están dispuestos a que alguien pueda decir algo que cuestione dicho conocimiento. Valga esto para determinados valores, visiones de mundo, creencias religiosas, posiciones políticas, etc.

Recientemente, oí a alguien protestar contra estos demandantes de sometimiento intelectual, señalando que si efectivamente ellos tienen la verdad, entonces ¿por qué tiene miedo a defenderla? Y es que es cierto... a esta exigencia de obediencia va siempre aparejada la actitud censuradora de quien ya ha dicho la última palabra...
¿será posible reemplazar el tergiversado valor de la tolerancia (como un aguantarse y dejar hablar a los que no pensando como yo están equivocados) por la humildad de reconocer que NO TENEMOS UN ACCESO PRIVILEGIADO A LA VERDAD y que por lo tanto, la necesidad de dialogar, de escuchar, de razonar en conjunto, no es un mero acto de benevolencia, sino una necesidad intrínseca al esfuerzo colectivo por descubrir o inventar el sentido de las cosas?
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