Hace no mucho escribí sobre el miedo. Escribí, como tantas veces y como tantos, desde la comodidad teórica del intelectual -perdón por la simpleza- que no mete las patas al barro.
Hoy releo lo escrito y siento la necesidad de hacer algunas observaciones,

precisiones o aportes a mi reflexión desde la incómoda acera de la experiencia.
Se me ocurre hoy, que lo peor del miedo es la sensación de pequeñez. Ese temor a recibir un daño, es doloroso por la posibilidad del daño, pero es tremendamente corrosivo en cuanto evidencia de fragilidad, de impotencia, de incapacidad, de falta de control, de falta de poder. Y es esa sensación la que persiste luego de episodios de justo temor. La experiencia nos empequeñece, nos hace sentir miserables, y se encarna en esa frase que es cómica cuando no es sentida de verdad : no somos nada.
Pero dándole una vuelta, y sobretodo mirando para atrás, pensando en esa época en que me sentía casi superpoderoso, ilimitado y capaz de lo que quisiera mi alma, llego a una hipótesis con pretención de iluminación: ambas son caras de una misma moneda. La sensación de pequeñez, de carencia de poder, está atravesada por un sentimiento profundo de soledad, de individualidad. Lo que de en verdad hace insoportable el miedo es sentir que aquella amenaza de daño se enfrenta sólo.

Mientras más acompañados nos sentimos, menos tememos. Casi es una reminiscencia infantil, pero la sensación de pertenencia a un algo mayor, una pareja, una familia, un grupo social, una comunidad, etc... va haciendo desaparecer la sensación de fragilidad y la va acercando a la certeza de la capacidad. Tanto es así, que quienes se sienten a la cabeza de grandes agrupaciones humanas, partidos, gobiernos, ejércitos, estados, imperios, enloquecen y se pierden en la sensación de poder.
Y vuelvo a mis recuerdos. La época en que me sentía capaz de todo, era también un tiempo en que me sentía mucho más conectado con la totalidad. Con un proyecto político social, con una espiritualidad trascendental, panteista, con una vocación creadora y cultivadora de mejores seres humanos. Hoy me falta mucho de eso.
Los proyectos no pueden ser los mismos. Los abandoné porque se me evidenciaron ilusos, absurdos, artificiosos, contraproducentes, casi placebos. Pero no consigo encontrar algo que los reemplace en su objeto.

Mi espiritualidad se ha marchito, pues la cotidianeidad le ha quitado el agua para cuidar esa planta que crece en mí y que extiende sus raíces más allá. No encuentro aún herramientas para salvar a esta planta. Ni abonos ni semillas nuevas siquiera.
Mi vocación creadora y cultivadora ha mutado. Mis ilusiones fueron machacadas, pisoteadas y humilladas. Las herramientas para seguir cultivando son cada vez más carentes e insuficientes, pues quienes engordan con la miseria humana no tienen interés alguno en que esto cambie. He tenido que reinventar mi vocación, y volcarla hacia la justicia, mas las herramientas de esta nueva vocación son arduas y permanentemente luchan por imponerse al sentido último que tiene forjarlas: mis amores, mi espíritu, mi comunidad.

a modo de conclusión... si es que es posible algo semejante... hoy mi pathos es encontrar un equilibrio que me permita recuperar la fuerza necesaria para superar la experiencia de la nada y acercándome(nos) a la experiencia del ser.
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